Es indudable que esta crisis que hemos vivido desde el año 2008 se ha llevado por delante a muchas empresas de nuestro país.

Estas empresas, probablemente no estaban lo suficientemente saneadas, o quizás no supieron mejorar sus protocolos de gestión, o puede que no supieran gestionar adecuadamente a sus equipos o a lo mejor es que no supieron vender sus productos y servicios. O, quizás, no supieron cómo enfrentarse frente a  una voraz competencia que intentaba conquistar pequeñas o grandes cuotas de mercado.

O puede que simplemente estas empresas que finalmente echaron el cierre a sus puertas fuera debido a la mala suerte. Tan solo eso.

 

 

Con independencia del motivo, uno recuerda que antes de que llegara la crisis, cuando estaba en reuniones de empresarios lo que se preguntaban entre ellos era cómo iban las cosas, cuánto facturaban y cuál era el tamaño de sus plantillas.

De ese modo, si facturabas mucho y tenías una amplia plantilla de trabajadores en tu equipo, era la señal inequívoca de que las cosas “marchaban bien”.

Pues bien, el famoso dato de la facturación sigue siendo algo que preocupa (y mucho) a los empresarios españoles, en el sentido de que no son pocos los que dicen eso de que no se pueden quejar, que las cosas en estos dos últimos años parece que han mejorado, que se nota alegría en el mercado, pero que sienten que lo que facturan no se traduce en beneficios.

O dicho de otro modo, es la sensación que se tiene de que uno factura mucho pero parece que tan solo sirve para pagar las nóminas, para pagar a los proveedores, para cumplir con la administración y pagar los impuestos… ¿PERO DÓNDE ESTÁN MIS BENEFICIOS?

Cuando escucho esto no me queda otra que asumir que parece que hemos aprendido poco de esta crisis, ya que parece que se nos olvida que lo que importa no es lo que facturo, sino lo que gano.

No pretendo negar la importancia que tiene el ratio de la facturación, porque es vital para la supervivencia y el crecimiento de una empresa, pero no podemos ni debemos renunciar al dato que proviene de lo que gano o ahorro con una eficiente gestión.

 

 

De hecho, en ocasiones me pregunto si el problema no vendrá por esa obsesión que hay con facturar. ¿No sería más rentable pensar en si mi estructura de gastos es la adecuada para el nivel de facturación que tengo? ¿No sería más inteligente asumir que la misma facturación que tienes actualmente se podría hacer con una racionalización de gastos?

¿Y si el problema viene porque esas ansias de facturar más de lo que podemos asumir nos lleva a la ruina? ¿Y si facturando menos ganáramos más?